Desperté pasadas las once de la mañana.
Hacía meses que no dormía tantas horas seguidas. Ni siquiera recordaba la última vez que había abierto los ojos sin el peso del miedo sobre el pecho. La cama estaba caliente, las sábanas revueltas, y el brazo de Sebastián seguía extendido sobre mi cintura, como si ni siquiera en sueños quisiera soltarme.
Me quedé unos minutos inmóvil, escuchando su respiración pausada. La luz del sol se filtraba por las cortinas, dibujando líneas doradas sobre el suelo de