Aquella noche, después de que Don Ernesto nos diera su bendición, Sebastián y yo nos quedamos en silencio en nuestra habitación.
Él estaba sentado en el borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en el suelo. Yo, de pie junto a la ventana, observaba los cipreses bajo la luz de la luna. No hacía falta hablar. Lo que acababa de pasar era demasiado grande para ponerlo en palabras.
—Lo sabe —dijo Sebastián al fin, rompiendo el silencio.
—Lo sabe —repetí.
—Y no le i