Me desperté con el calor de un cuerpo junto al mío.Durante unos segundos, mi cerebro nublado por el sueño no entendió nada. Mi cama del apartamento era pequeña, estrecha, de un colchón tan hundido que las cervicales me dolían cada mañana. Pero este colchón era firme. Las sábanas olían a limpio, a suavizante caro. Y el brazo que rozaba el mío era cálido, firme, masculino.Abrí los ojos de golpe.Sebastián.Sebastián Del Valle dormía a mi lado, tumbado boca arriba, con la camisa blanca del día anterior todavía puesta y el pelo revuelto sobre la almohada. Su respiración era lenta, pausada, tan controlada como todo en él. Incluso dormido, parecía un hombre al mando. Un hombre que no se permitía bajar la guardia ni siquiera en sueños.Me quedé unos segundos mirándolo. No pude evitarlo. Las pestañas le sombreaban los pómulos. La mandíbula, relajada, parecía menos afilada que durante el día. Los labios entreabiertos dejaban pasar el aire con un ritmo hipnótico que me obligó a contener la mí
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