Eva
Andrew entra sin tocar, como si esa puerta le perteneciera. Como si yo fuera otra cosa dentro de su mundo, un objeto mal colocado que puede mover cuando se le antoje.
Levanto la mirada y lo primero que noto no es su traje caro ni su postura impecable.
Es su cara.
Está pálido. Tenso. La mandíbula apretada. Los ojos duros, como si hubiera tomado una decisión que le duele, pero igual la va a ejecutar.
No digo nada.
No porque no tenga qué decir, sino porque mi cuerpo ya sabe que esto viene con un costo. Y a estas alturas, mi instinto siempre acierta: cada vez que Andrew Palvin aparece de la nada, alguien termina destruido.
Hoy, la destruida voy a ser yo.
—¿Qué fue eso? —me suelta sin saludo—. ¿Qué demonios crees que estabas haciendo?
Su voz me golpea como una bofetada.
Trago saliva. Mantengo el mentón firme. No voy a bajar la cabeza. No hoy.
—¿A qué te refieres? —pregunto, aunque sé exactamente a qué se refiere.
Él se ríe, pero no hay humor.
—No juegues conmigo, Eva —dice, y da un pas