Eva
Andrew no me suelta hasta que la puerta de su oficina se cierra detrás de nosotros con un sonido seco, definitivo. El mundo queda afuera: teléfonos, asistentes, ejecutivos, rumores. Aquí solo estamos él y yo, y el peso de todo lo que no dijimos.
Camina directo a su escritorio sin mirarme. Abre un cajón amplio, de madera oscura, y saca tres guiones. Los coloca frente a mí con una precisión casi quirúrgica, alineados, como si fueran cartas en una mesa de póker.
—La mujer que se ganó el corazó