Durante los primeros días, verlo resulta más difícil de lo que había imaginado.
No porque el edificio sea grande o porque los horarios no coincidan, sino porque Andrew siempre está trabajando. En reuniones, en llamadas, entrando y saliendo de oficinas que no me corresponden. Su presencia se percibe más de lo que se ve.
A veces pasa por el pasillo sin detenerse. Otras, su nombre aparece en correos donde no figura como destinatario, sino como referencia. Es una figura constante, pero lejana.
Y eso, aunque debería facilitar las cosas, no lo hace.
El tercer día, lo veo de frente por primera vez.
Estoy saliendo de la sala de archivos con una carpeta en brazos cuando casi choco con alguien. Doy un paso atrás por reflejo y levanto la vista.
Es él.
No sonríe. Tampoco parece sorprendido. Solo me observa durante un segundo, como si midiera el impacto del encuentro.
—Hola —dice finalmente.
—Hola —respondo.
La palabra queda suspendida entre nosotros más tiempo del necesario.
El pasillo está casi