Camino hacia la entrada de mi edificio con el bolso colgado del hombro y las llaves en la mano cuando el teléfono vibra. No miro la pantalla de inmediato. Sé quién es.
Andrew.
Respiro hondo antes de contestar.
—¿Dónde estás? —pregunta apenas atiendo.
Rio para mí misma al notar su tono molesto.
—Llegando a casa —respondo.
—¿A casa? —repite—. Pensé que íbamos a cenar.
Me detengo frente a la puerta del edificio.
—Eso fue hace horas —digo—. No confirmamos nada.
—Quedamos en hablar —insiste.
—Hablam