Rubí
Daniel está sentado en la acera frente al hospital cuando lo veo.
No parece una estrella.
No parece el hombre que llena cines.
No parece el actor seguro que siempre tiene una sonrisa lista para la cámara.
Parece… roto.
Mateo y yo nos miramos antes de acercarnos. No hace falta decir nada. Los dos sabemos que algo grande está pasando y que, por alguna razón, todos estamos metidos hasta el cuello.
—¿Está bien? —pregunto, aunque sé que no lo está.
Daniel levanta la mirada. Sus ojos están rojos