Rubí
No fue un beso corto o un juego de niños, tampoco lo que esperaba.
Fue lento. Confuso. Sorprendentemente intenso.
La cocina de Daniel todavía huele a alcohol y comida china fría. La luz amarilla del techo hace que todo se vea más íntimo de lo que debería. Mateo tiene las manos en mi cintura como si no supiera si empujarme o acercarme más. Yo todavía tengo los dedos atrapados en la tela de su camiseta sudada de básquet.
Y eso es lo que me golpea primero.
Observo el rostro de mi mejor amigo,