El frío me despierta antes que el dolor. Una corriente gélida me roza la mejilla y me obliga a abrir los ojos. Lo primero que veo es el brillo metálico de un arma y, justo detrás, la sonrisa torcida de Claudia.
—Despierta, princesa —susurra con una dulzura venenosa—. No querrás perderte el espectáculo.
Parpadeo, confundida. Estoy tendida sobre la tierra húmeda, con el vestido de novia hecho trizas, empapado de barro y sangre. Mis brazos tiemblan, mis piernas también. Al intentar moverme, siento