DANTE
El aire pesado del cementerio aún me calaba en los huesos cuando cerraron la tierra sobre el ataúd de Ian. No importaba que los hombres intentaran mantener la compostura, ni que Claudia llorara como si el mundo se le viniera abajo; yo solo pensaba en la estupidez que lo había llevado hasta ahí. La muerte en mi mundo es parte del contrato, pero la imprudencia… eso sí que no perdono.
De regreso, mis hombres se dispersaron hacia sus autos. Claudia no tardó en seguirme y, sin pedir permiso,