GIULIA
El aroma dulce de la vainilla y el chocolate invadía la cocina. Mis manos temblaban tanto que lo único que podía hacer para calmarme era amasar, batir, llenar moldes y encender el horno una y otra vez. Isabella, con sus manitas llenas de harina, reía mientras intentaba dar forma a los pastelitos.
—Así, mamá, ¿ves? Como me enseñaste. —Su sonrisa me partía el alma. Ella era la única razón por la que seguía en pie.
—Si amor —dije, fingiendo tranquilidad, aunque por dentro me devoraba la an