CAPÍTULO 50

GIULIA

Abrí los ojos con el primer rayo de sol que se filtraba entre las cortinas. El silencio de la habitación estaba marcado por el compás regular de la respiración de Dante, que dormía a mi lado. Lo observé en silencio, con el rostro relajado, desprovisto de esa dureza que siempre lo acompaña cuando está despierto. Parecía tan distinto, tan humano, tan vulnerable.

Y, sin embargo, ese contraste me dolía.

La culpa me atravesó como un filo. No solo por lo que había ocultado sobre Riccardo, sin
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