Sebastián estaba en mi sala como si nunca hubiera dejado de pertenecer a mi vida.
De pie, con las manos en los bolsillos y esa mirada fija que parecía atravesarme.
—¿Cómo entraste? —pregunté con un hilo de voz.
Él sonrió apenas, ladeando la cabeza.
—Digamos que las cerraduras no son tan seguras como crees.
Mi piel se erizó. No sabía si temer más por sus palabras o por la calma con la que las decía.
—No puedes irrumpir en mi casa así, Sebastián. Tengo derecho a… —mi voz se quebró, porque lo sa