Me quedé inmóvil en la sala, con la espalda pegada a la pared, mientras mi propio esposo pronunciaba aquel nombre como si fuera un secreto compartido.
Clara.
No era un sueño. No era un murmullo inconsciente. Esta vez lo dijo despierto, con plena conciencia, con esa firmeza contenida de quien sabe que hace algo prohibido.
Tragué saliva y retrocedí un paso. El piso se volvió resbaladizo bajo mis pies, aunque no hubiera agua. El aire se me hizo tan pesado que me costaba respirar.
Desde el balcón,