El apartamento donde nos refugiamos esa noche era pequeño, apenas amueblado. Una mesa de madera gastada, un sofá con el tapiz descolorido y una cama que parecía demasiado grande para tanto silencio.
Sebastián dejó las llaves sobre la mesa y se quitó la chaqueta sin mirarme. Su sombra se proyectaba contra la pared, imponente, inalcanzable. Yo lo observaba desde la puerta, abrazándome a mí misma.
El nombre de Lucía seguía golpeando mi mente como un eco. Y aun así, mi cuerpo recordaba cada roce de