La noche cayó pesada sobre el apartamento. Sebastián había reforzado las cerraduras y dejado su pistola sobre la mesa de centro, como una advertencia muda. Yo intentaba leer, pero las palabras se deshacían frente a mis ojos.
Cada sombra me parecía un acecho. Cada crujido del edificio, una amenaza.
—Relájate —dijo Sebastián desde la ventana, vigilando la calle—. Aquí no pueden entrar.
Quise creerle. Lo intenté. Pero mi corazón llevaba horas en alerta.
Un estruendo rompió la calma. La puerta fue