El coche devoraba kilómetros de carretera, pero el silencio dentro era más ensordecedor que el rugido del motor. Yo tenía las manos entrelazadas sobre el regazo, tan frías que parecía que no me pertenecían.
—Sebastián… —repetí, más firme esta vez—. ¿Quién es Lucía?
No giró la cabeza. Sus ojos estaban clavados en el camino, como si las líneas blancas pudieran salvarlo de responder.
—No importa —dijo al fin, su voz baja, cortante—. Es pasado.
Mi corazón dio un salto incómodo.
—Pasado o no, Clara