La confusión se apoderó de todos al ver a los hombres que habían llegado heridos. Don Emiliano, Manuela y Malena se sentían atrapados, incapaces de encontrar una solución inmediata. La esperanza parecía desvanecerse en el aire.
Gustavo lloraba, abrazándose el brazo adolorido como si fuera un niño pequeño. Mánuela, con lágrimas en los ojos, tomó a su hermano y la acompañó hasta el hospital. Jaime no se separaba ni un instante de su padre, observando cada movimiento con preocupación.
Juana, la de