La confusión se apoderó de todos al ver a los hombres que habían llegado heridos. Don Emiliano, Manuela y Malena se sentían atrapados, incapaces de encontrar una solución inmediata. La esperanza parecía desvanecerse en el aire.
Gustavo lloraba, abrazándose el brazo adolorido como si fuera un niño pequeño. Mánuela, con lágrimas en los ojos, tomó a su hermano y la acompañó hasta el hospital. Jaime no se separaba ni un instante de su padre, observando cada movimiento con preocupación.
Juana, la del bar, fue la primera en llegar, pero pronto el silencio se volvió incómodo. La señora Sofía, esposa del alcalde y unos diez años mayor que él, apareció con el ceño fruncido y un tono autoritario:
—¡Fuera de aquí, mujer! —dijo—. Este no es lugar para personas como usted.
Juana la miró con firmeza, sin dejarse intimidar:
—Si usted me llama “una cualquiera”, señora Sofía, le recuerdo que su esposo y su hijo están vivos gracias a la ayuda que brindé. No voy a permitir que intimide ni a mí ni a nadi