Don Emiliano, más tranquilo después de saber que Alondra estaba bien en la ciudad, caminó con paso sereno hasta la cocina de la hacienda. El lugar estaba silencioso, apenas roto por el murmullo del viento que entraba por las ventanas. Se sentó en una de las sillas del comedor, cosa extraña en él, pues no era costumbre verle reposar en ese sitio.
Manuela, que estaba ordenando algunos utensilios, se sorprendió al verlo.
—¿Don Emiliano…? —preguntó, con cierta timidez.
—Siéntate, Manuela —dijo él c