La incertidumbre aumentaba en La Esperanza. Todo el pueblo se mantenía en silencio, con susurros apagados y miradas desconfiadas. El aire se podía cortar con un cuchillo; cada esquina parecía esconder un secreto y cada ventana se cerraba apenas alguien pasaba.
En la delegación, el alcalde Gustavo caminaba de un lado a otro, sudando frío y con el ceño fruncido. El rechinar de sus botas contra el piso marcaba un compás de ansiedad. De pronto, Juana irrumpió, cruzándose en su andar.
—Le vas a hace