Mundo de ficçãoIniciar sessãoPrólogo Alondra era una joven mujer de tierra firme, valiente y trabajadora. Desde muy joven aprendió que la vida en el campo no perdona la debilidad. Cuando su hermano enfermó y su padre ya no pudo más con el peso de la hacienda, ella tomó las riendas sin titubear. Con las manos curtidas y el corazón endurecido por las pérdidas, enfrentó peligros, sequías, traiciones… y el silencio de una tierra que solo responde a quienes la aman de verdad. La hacienda “La Esperanza” fue su refugio y su guerra. No creía en promesas ni en palabras bonitas. La vida le había enseñado a desconfiar. Hasta que un día llegó Carlos, un elegante ingeniero venido de la gran ciudad, con papeles en la mano y una reclamación inesperada: la mitad de todo aquello que Alondra había protegido con su alma. Pero el verdadero desafío no fue el litigio ni la tierra dividida. Lo fue él. Carlos también vino a reclamar su corazón, y con su mirada firme y su pasado oculto, hizo tambalear la fortaleza que Alondra había construido a su alrededor. Entre el rencor por el nuevo dueño y las heridas de un pasado que no terminaba de cerrar, Alondra se vio de pronto atrapada en una batalla inesperada. No solo debía luchar por su hogar… sino por no perderse a sí misma en los ojos de un hombre que, sin quererlo, empezó a desarmarla. ---
Ler maisDespués de lo ocurrido, Alondra regresó a La Esperanza, pero aquel día su mente estaba exhausta. Cada pensamiento sobre Camilo le provocaba un cansancio que nada podía aliviar. —No puedo creer que Camilo te haya hecho esto, hija… —dijo Emiliano, con el rostro tenso y la voz quebrada. Alondra se sirvió un trago de whisky, lo bebió de un solo sorbo y asintió sin decir nada. Luego, agarró la botella y subió hacia su habitación. Se quitó la ropa y la dejó caer al suelo. Aún podía sentir los dedos de Camilo rozando su rostro, y un escalofrío recorrió todo su cuerpo. —Maldito… —susurró con desprecio—. Cómo pude pensar que eras alguien… y hasta pedirte perdón, cobarde. Alguien tocó la puerta, pero ella respondió sin mirar: —Quiero estar sola. De verdad. Carlos, que había estado cerca, se retiró hasta la sala, donde vio a Paloma con sus maletas. Sus ojos estaban rojos, llenos de lágrimas. Sin pensarlo, la abrazó con fuerza. —Me engañó… —balbuceó ella entre sollozos—. Yo pensé que era
Capítulo 59Alondra trataba de mantener la calma, aunque por dentro el corazón le golpeaba el pecho como si quisiera romperle las costillas. Tenía la respiración entrecortada, el aire le faltaba, pero en su mente buscaba con desesperación una manera de escapar.El hombre, de rostro cubierto y vestido completamente de negro, jugaba con el arma en sus manos: una pistola que brillaba bajo la luz tenue de la habitación. Con una frialdad escalofriante, rozaba el cañón contra su rostro, bajando lentamente hasta el pecho de ella, como si disfrutara de su miedo.Los minutos se hicieron eternos. El silencio pesaba como una condena. Alondra cerró los ojos y, con voz firme, quebrada por la rabia, se atrevió a hablar:—¿Qué es lo que quieres? Termina con esto de una vez…El hombre no respondió. Solo la miraba, inmóvil, detrás de aquella máscara de sombras. Su silencio era más cruel que cualquier amenaza.—¿Quién eres? —lo desafió ella, con un hilo de voz cargado de furia—. ¡Cobarde! Haz lo que te
La mañana transcurría con el ajetreo propio de la hacienda. En la cocina, Manuela servía el almuerzo cuando, de repente, un plato resbaló de sus manos y se estrelló contra el suelo. Los vidrios se esparcieron por todo el lugar con un sonido seco que hizo callar a todos por un instante.—Mala suerte… —murmuró Marisol, la joven criada que la ayudaba.Manuela se giró rápidamente, frunciendo el ceño.—No digas esas cosas, muchacha. Dios nos guarde de lo malo.Marisol asintió en silencio y, con una escoba, comenzó a limpiar los vidrios, aunque en el ambiente quedó flotando una extraña sensación, como si aquel accidente fuera un mal presagio.Mientras tanto, en su habitación, Alondra se preparaba para salir. Abrió el armario y escogió un atuendo sencillo pero fuerte: una camisa de cuadros azul, un pantalón negro ceñido y sus botas de montar. Se colocó el sombrero y, al mirarse en el espejo, una inquietud se apoderó de ella. Algo en su interior le decía que el día no sería como los demás.—¿
Alondra regresó a La Esperanza después de aquellos dos meses de ausencia. Apenas cruzó el portón, notó que algo especial la aguardaba. En el jardín trasero, bajo las guirnaldas de flores y luces de papel, todo estaba decorado con esmero: mesas largas cubiertas de manteles blancos, jarrones rebosantes de rosas y girasoles, y un arco adornado con cintas que daba la bienvenida.Fue Lía, su amiga y hermana del alma, quien había organizado la sorpresa. Con la ayuda de Paloma y varios peones, habían preparado una fiesta en honor a su regreso. La música de guitarras se mezclaba con el murmullo alegre de los invitados, y el aire olía a comida recién hecha y al perfume de las flores de la hacienda.Cuando Alondra apareció, todos la recibieron con un aplauso y vítores. Ella, emocionada, se acercó cargada de bolsas y cofrecitos. Había traído regalos para todos: pañuelos bordados para las mujeres, dulces de la ciudad para los niños, pequeños detalles para los hombres, y hasta juguetes para los hi
Don Emiliano, más tranquilo después de saber que Alondra estaba bien en la ciudad, caminó con paso sereno hasta la cocina de la hacienda. El lugar estaba silencioso, apenas roto por el murmullo del viento que entraba por las ventanas. Se sentó en una de las sillas del comedor, cosa extraña en él, pues no era costumbre verle reposar en ese sitio.Manuela, que estaba ordenando algunos utensilios, se sorprendió al verlo.—¿Don Emiliano…? —preguntó, con cierta timidez.—Siéntate, Manuela —dijo él con voz grave.Ella obedeció, algo nerviosa. Emiliano sacó de su bolsillo un sobre amarillento y lo colocó con firmeza sobre la mesa. Sus ojos estaban serios, cargados de un peso que parecía haber llevado en silencio por demasiado tiempo.—¿Sabes qué contiene este sobre, Manuela? —preguntó con calma.Ella negó con la cabeza, insegura.—Este sobre contiene la prueba de que Alondra… es mi hija.Las palabras cayeron como una losa. Manuela se levantó de golpe, con el rostro desencajado.—¡Dios mío…!
Unos días después de la operación, la calma volvió poco a poco. Don Emiliano y los demás habían regresado a Pueblo Chico con la noticia de que Alondra estaba fuera de peligro. Solo Carlos se quedó a su lado, velando cada respiro y cada movimiento, como si temiera perderla de nuevo. El médico entró a la habitación con su bata blanca y una sonrisa satisfecha. —Bueno, señorita —dijo, revisando el expediente—, todo está en orden. Solo debes descansar unos días más y regresar para la última revisión. —Sacó un papel y se lo extendió—. Aquí tienes el alta médica y la próxima cita. Alondra tomó el documento y se puso de pie despacio, todavía un poco débil. Carlos, que la esperaba en la puerta, la recibió con un ramo de rosas amarillas. —Para ti, mi vida —susurró él, acercándole las flores. Alondra lo miró sorprendida, con una sonrisa tímida que le iluminó el rostro. —Ay, Carlos… ¿y esas rosas? —preguntó. —Son como tú, fuertes y llenas de luz. —Le acarició la mejilla con ternura—.
Último capítulo