La mañana transcurría con el ajetreo propio de la hacienda. En la cocina, Manuela servía el almuerzo cuando, de repente, un plato resbaló de sus manos y se estrelló contra el suelo. Los vidrios se esparcieron por todo el lugar con un sonido seco que hizo callar a todos por un instante.
—Mala suerte… —murmuró Marisol, la joven criada que la ayudaba.
Manuela se giró rápidamente, frunciendo el ceño.
—No digas esas cosas, muchacha. Dios nos guarde de lo malo.
Marisol asintió en silencio y, con una