El amanecer llegó con un aire fresco que olía a tierra mojada. El canto de los gallos rompía el silencio de la hacienda, mientras el sol asomaba tímido entre las nubes bajas. Alondra ya estaba en el corral, revisando las sogas y dando órdenes a los peones. Sus botas estaban salpicadas de barro y su cabello, aún húmedo, caía sobre los hombros. Tenía el ceño ligeramente fruncido, como quien ya empieza el día midiendo fuerzas.
A lo lejos, un galope anunció la llegada de alguien. No tardó en recono