La mañana amaneció con un cielo despejado, y el olor a pan recién horneado se colaba por las ventanas de la hacienda. Lía llegó temprano, como siempre, con una sonrisa y un par de bollos envueltos en un pañuelo. Vestía un vestido sencillo color crema y botas gastadas, y llevaba el cabello recogido en una trenza floja que dejaba escapar algunos mechones.
—Mira que te traje desayuno, porque con ese genio tuyo seguro ni has probado bocado —dijo, dejando el paquete sobre la mesa.
Alondra le dedicó