La mañana siguiente era sábado, día de descanso para los trabajadores de la hacienda.
Carlos se levantó temprano, como en los días anteriores. Al salir al corredor, no vio a Alondra. El aire fresco de la mañana traía el olor de la tierra húmeda y el canto de los gallos que anunciaban otro día en el campo.
Se sentó en una silla de madera, mirando el horizonte. Don Emiliano se le acercó con una taza de café humeante y se la tendió. Compartieron sorbos y una que otra charla sobre su juventud, reco