El cielo de Londres se encontraba gris aquella mañana, pero dentro del atelier, los ventanales filtraban una luz suave, casi dorada, que se extendía sobre las telas y los maniquíes. Violeta estaba de pie frente a un espejo de cuerpo entero, con el corazón palpitándole en el pecho mientras la diseñadora ajustaba la caída del vestido.
El vestido de novia era como una obra de arte: delicado, etéreo, con encaje en el corsé y una falda que se abría como una nube en tonos marfil. Cada puntada parecí