No me di cuenta de cuántas horas pasaron después de que me tomé el jugo. El tiempo se volvió una masa borrosa y pegajosa. Solo sé que mi conciencia iba y venía, arrullada por el zumbido del motor y la oscuridad de la cabina.
Hasta que aterrizamos.
Fue otro momento catastrófico para mí. El descenso fue brusco. Sentí cómo el avión rompía las nubes y la presión en mis oídos estallaba. Luego, el golpe seco y violento de las ruedas contra la pista, seguido del rugido de los motores en reversa y el f