El muelle privado de la marina estaba sumergido en una penumbra azulada. El sonido de las olas chocando contra los yates era lo único que llenaba el silencio de la madrugada. Silas esperaba junto a una pequeña lancha motora, mirando su reloj con impaciencia.
Elena llegó cargando solo una mochila pequeña. Ya no llevaba joyas, ni vestidos de seda, ni el peso de un apellido maldito. Llevaba unos jeans viejos y el olor a mermelada de mamey todavía impregnado en su piel.
—Es hora —dijo Silas