El patio de Milena era una sinfonía de vapor y fragancia a guayaba y canela. Los 500 frascos estaban alineados sobre tablones de madera limpia, brillando bajo la luz de la mañana como soldados listos para la batalla. Las doce mujeres del barrio, con sus cofias blancas y tapabocas, daban los últimos toques de limpieza a las etiquetas.
De repente, un sedán blanco se detuvo frente a la reja de bloques. Un hombre de rostro severo, con un maletín de cuero y un chaleco oficial de la Secretaría de