Después de una hora exacta, el doctor volvió a descorrer la cortina, tal como había prometido, y me dio el alta. Me sentía mucho mejor. Aún estaba un poquito débil, mis piernas se sentían ligeras, pero al menos ya no sentía que me quería morir, ni que el suelo se movía bajo mis pies.
Salimos de la clínica y nos dirigimos a la salida. Adrián, haciendo gala de esa fuerza irritante que tenía, llevaba ahora ambas maletas grandes de ruedas y ambos bolsos de mano colgados. Parecía una mula de carga d