Después de una jornada agotadora, Milena convenció a Elena de ir a su casa. —No puedes seguir comiendo fritos de la calle, Elena. Hoy cocino yo —le dijo con una sonrisa.
Tomaron un bus que las llevó lejos de las murallas coloniales y de los rascacielos de Bocagrande. Elena observaba por la ventana cómo el paisaje cambiaba: las calles pavimentadas dieron paso a callejones estrechos y bulliciosos en un barrio popular de las faldas de la ciudad. El ruido de los equipos de sonido, los niños jugando