Los efectos de la pastilla para el mareo eran innegables. Una niebla cálida se había extendido por mi cerebro, embotando los bordes afilados de mi ansiedad. Mis ojos se sentían pesados, como si les hubieran puesto diminutos sacos de arena.
Luché. Intenté mantener los ojos abiertos, mirar por la ventana oscura, seguir el contorno de la luna lejana. Pero el zumbido constante del avión, esa vibración monótona y baja, era como una canción de cuna insistente. El acolchado del asiento se sentía como