La puerta estaba abierta, y Adrián seguía plantado en el umbral, con esas bolsas de lujo colgando de sus manos como si fuera el mayordomo de un restaurante de cinco estrellas haciendo una entrega a domicilio. Su mirada, esa mirada que siempre parecía ver a través de todas mis capas, se posó en mi blusa recién puesta, en mi cabello húmedo y desordenado, y en mis pies descalzos sobre el frío suelo de la entrada. No dijo nada, pero su expresión era un poema de sarcasmo silencioso.
—¿Qué haces aquí