El silencio en la habitación era tan pesado que parecía absorber hasta el último sonido del suero goteando en la vía. La pregunta de su madre flotaba en el aire, un desafío envuelto en seda y medicamentos.
Adrian la mantuvo la mirada, pero por un fugaz instante, una grieta de duda asomó en sus ojos. Era minúscula, casi imperceptible, pero Graciela Han no había construido un imperio sin aprender a detectar las debilidades, incluso en su propio hijo.
—No —dijo él finalmente, su voz recuperando la