La noche previa a la partida fue sofocante. No por el calor tropical, sino por la electricidad estática que cargaba el aire entre ellos. Sabían que mañana volverían a ser objetivos, que volverían a las sombras donde cualquier extraño podía ser un ejecutor. La cama, rodeada por el mosquitero de seda blanca que bailaba con la brisa nocturna, se convirtió en su último santuario de verdad antes de la gran mentira de Singapur.
Luca encontró a Maya en la terraza, mirando hacia el mar oscuro. Se acerc