El amanecer en Palawan no rompió la oscuridad; la desgarró. El cielo se tiñó de una violencia cromática, una herida abierta de magentas y naranjas sangrientos que se derramaban sobre el agua, transformando el mar de Sulu en un espejo de fuego líquido. Para Maya —cuyo nombre se sentía ahora como una costra a punto de ser arrancada para revelar la carne viva de Bianca—, aquella belleza obscena era una afrenta personal. El paraíso, que durante meses había sido un bálsamo, mostraba ahora sus grieta