El Aeropuerto de Changi no era un terminal de transportes; era una catedral de cristal, silicio y control absoluto. Al bajar del vuelo privado en la terminal JetQuay, Maya sintió que el aire acondicionado, filtrado y esterilizado, le cortaba la piel con la precisión de un bisturí. Atrás quedaba el olor a tierra húmeda y salitre de Palawan; aquí, el mundo olía a ozono y a un perfume corporativo diseñado para calmar a las masas mientras se les escaneaba hasta el alma.
Llevaba un traje sastre de s