El motor de la lancha estaba apagado. Luca remaba en silencio hacia el muelle de El Nido, aprovechando que la marea alta ocultaba el sonido del agua golpeando contra el casco de madera. El cielo era un manto de terciopelo negro salpicado de estrellas frías que no daban consuelo. Luca creía que iba solo. Creía que Maya estaba a salvo en la casa, protegida por los muros de teca y el mosquitero.
No conocía a su mujer tanto como pensaba.
Maya se movía unos cincuenta metros detrás de él, en un pequeño kayak que solían usar para explorar los arrecifes. Se movía sin hacer ruido, sus músculos respondiendo con una memoria física que se remontaba a los entrenamientos brutales de Gunnar en los glaciares. Llevaba ropa negra ajustada, un cuchillo táctico en el muslo y la mirada fija en la espalda de Luca. No lo seguía por desconfianza; lo seguía por una necesidad visceral. Eran uno solo. Si el pasado venía a reclamar a Luca, tendría que pasar por encima de ella primero.
Al llegar al muelle, Luca s