El motor de la lancha estaba apagado. Luca remaba en silencio hacia el muelle de El Nido, aprovechando que la marea alta ocultaba el sonido del agua golpeando contra el casco de madera. El cielo era un manto de terciopelo negro salpicado de estrellas frías que no daban consuelo. Luca creía que iba solo. Creía que Maya estaba a salvo en la casa, protegida por los muros de teca y el mosquitero.
No conocía a su mujer tanto como pensaba.
Maya se movía unos cincuenta metros detrás de él, en un peque