El trayecto de regreso a su isla privada fue un silencio cargado de electricidad estática. Luca manejaba la lancha con una agresividad contenida, cortando las olas como si quisiera castigar al mar. Maya estaba sentada en la popa, mirando la estela blanca que dejaban atrás, sintiendo que su nueva vida era una mentira que el pasado acababa de desenmascarar.
Al llegar a la casa, Luca no entró. Se quedó en la terraza, sacando un binocular de largo alcance y un maletín que Maya esperaba no tener que volver a ver. Dentro, perfectamente aceitadas y listas, estaban las armas que Alessandro Castiglione se había negado a destruir.
—Dijiste que ya no las necesitaríamos —dijo ella, apoyada en el marco de la puerta.
—Dije que esperaba no necesitarlas —corrigió él sin apartar la vista del horizonte—. Pero si Vanni está aquí, no es por casualidad. Bacuit es un laberinto, Maya. No llegas aquí a menos que tengas un mapa o una obsesión.
Luca se giró hacia ella. Su rostro, alterado por la cirugía, se ve