El estruendo de un jarrón de porcelana contra el suelo de mármol del salón principal no fue nada comparado con el grito de Alessandro. La pieza, una reliquia de la dinastía Ming que Helena atesoraba, se convirtió en mil fragmentos blancos, un reflejo exacto de la estabilidad de su hogar. Alessandro caminaba de un lado a otro, con la respiración errática y las manos manchadas de la sangre de Sophie, que aún no se había secado del todo en sus puños.
—¡Seis años, Bianca! —rugió Alessandro, girándo