El asalto comenzó no con una explosión, sino con un silencio antinatural. Los sistemas de vigilancia de la villa, una maravilla de la ingeniería que Maya había perfeccionado durante años, empezaron a apagarse uno tras otro, como velas extinguidas por un soplo invisible. En la penumbra del pasillo principal, Alessandro y Maya se movían espalda contra espalda. El aire estaba cargado de ozono y el olor acre del humo de las granadas de distracción que ya empezaban a estallar en el piso superior.
—¡