El viaje de regreso desde Marsella hacia Saint-Jean-Cap-Ferrat se sintió como una procesión fúnebre a través de la belleza indiferente de la Costa Azul. El Range Rover, salpicado de barro y marcas de pólvora, se deslizaba por la carretera de la cornisa bajo una luna que parecía observar con un juicio gélido. Alessandro mantenía las manos sobre el volante con una rigidez que amenazaba con quebrar el cuero, mientras Maya —Bianca— limpiaba mecánicamente el cañón de su arma, con la mirada perdida e