El glaciar Vatnajökull no era un lugar para los seres humanos; era un desierto de hielo azul y grietas mortales donde el tiempo parecía haberse detenido hace milenios. Bianca caminaba con la nieve hasta las rodillas, cargando un equipo de supervivencia de veinte kilos y el rifle Barrett de largo alcance que Gunnar le había obligado a llevar. Sus pulmones ardían con cada bocanada de aire gélido, y sus dedos, a pesar de los guantes térmicos, estaban perdiendo la sensibilidad.
—¡Si te detienes, mueres! —le gritó Gunnar desde unos metros más adelante. El islandés no mostraba piedad. La había dejado en medio de una tormenta blanca con una brújula y una orden: llegar al refugio antes de que la noche ártica la devorara.
Bianca tropezó, cayendo de bruces contra el hielo. Por un momento, la tentación de quedarse allí y dejar que el frío la reclamara fue casi insoportable. Pero entonces, la imagen de Alessandro sobre ella en el penthouse, y la risa cruel de Sofía en su mente, actuaron como un d