El mercado de El Nido era una explosión de colores, olores y sonidos que, en los primeros meses, a Maya le había servido como terapia de choque. El olor a pescado asado, la dulzura punzante del mango maduro y el bullicio de los turistas mezclados con los lugareños creaban una cortina de normalidad tras la cual podía esconderse. Sin embargo, esa mañana, el aire se sentía diferente. La humedad no era solo climática; era una capa pegajosa de ansiedad que se le adhería a la piel.
Maya caminaba entr