El mercado de El Nido era una explosión de colores, olores y sonidos que, en los primeros meses, a Maya le había servido como terapia de choque. El olor a pescado asado, la dulzura punzante del mango maduro y el bullicio de los turistas mezclados con los lugareños creaban una cortina de normalidad tras la cual podía esconderse. Sin embargo, esa mañana, el aire se sentía diferente. La humedad no era solo climática; era una capa pegajosa de ansiedad que se le adhería a la piel.
Maya caminaba entre los puestos de frutas, con su sombrero de ala ancha y sus gafas de sol oscuras. Llevaba una cesta de mimbre y vestía un sencillo vestido de lino blanco. Se detuvo frente a un puesto de especias, dejando que sus dedos rozaran el jengibre fresco. Estaba a punto de pagar cuando un escalofrío, una vibración eléctrica que no sentía desde las frías calles de Palermo, le recorrió la columna vertebral.
No fue un ruido. Fue la sensación de una mirada. Una mirada que no buscaba la belleza de una turista