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El Sustituto de mi Esposo: Secretos de un Gigoló
El Sustituto de mi Esposo: Secretos de un Gigoló
Por: Naira Black
Capítulo 1: El precio de las apariencias

 

La oficina de Alissa Vance en el piso cuarenta de la firma de diseño e interiorismo corporativo más prestigiosa de la ciudad era un reflejo de su propia vida: impecable, minimalista y fría. Rodeada de bocetos de millones de dólares, muestras de mármol importado y ventanales que dominaban el distrito financiero, Alissa revisaba los últimos planos para la remodelación de las oficinas centrales de Knight Industries.

Su trabajo era su único refugio, el único lugar donde tenía el control. Porque fuera de esas cuatro paredes de cristal, ella solo era el trofeo de exhibición del hombre más poderoso de la alta sociedad.

La puerta de su oficina se abrió sin previo aviso, rompiendo el silencio. Daniel Knight entró con su habitual elegancia aristocrática. Su traje gris de tres piezas no tenía una sola arruga; su cabello castaño oscuro estaba perfectamente peinado hacia atrás. Se acercó a su escritorio con pasos medidos, pero no hubo un beso, ni una mirada de afecto. Sus ojos azul hielo estaban fijos en una carpeta dorada.

—Las acciones volvieron a tambalearse esta mañana, Alissa —dijo Daniel, con una voz baja y monótona que a ella siempre le erizaba la piel de pura incomodidad—. El consejo de administración está presionando. El testamento de mi abuelo es claro: si no hay un heredero legítimo anunciado antes de que termine el trimestre fiscal, las acciones mayoritarias pasarán a la junta.

Alissa sintió un nudo amargo en el estómago. Dejó el estilógrafo sobre el plano y lo miró, tratando de mantener la compostura.

—Daniel, hemos ido a los mejores especialistas en fertilidad del país. Todos los exámenes dicen que yo estoy perfectamente bien. Si tan solo tú accedieras a hacerte...

—Suficiente —la interrumpió él, con una frialdad cortante que heló el ambiente. Daniel enderezó la postura, ocultando la rabia y el profundo complejo que lo carcomía por dentro—. Sabes perfectamente que mi salud no está a discusión. No voy a exponerme al escrutinio público ni a clínicas donde los secretos se venden al mejor postor. Mi apellido no será el hazmerreír de la prensa.

Se inclinó sobre el escritorio, apoyando ambas manos sobre los planos, acorralándola con su sombra.

—Voy a solucionar esto. Ya he tomado cartas en el asunto para asegurar ese embarazo, Alissa. Solo espero que cuando llegue el momento, cumplas con tu parte como la buena esposa que eres.

Antes de que ella pudiera procesar la extraña y amenazante advertencia, Daniel se enderezó, miró su reloj de oro y dio media vuelta.

—Tengo una junta de emergencia. No me esperes para cenar. Ah, y el nuevo consultor logístico de tu firma ya está abajo. Asegúrate de atenderlo personalmente. Su contrato costó una fortuna.

Daniel salió de la oficina con la misma rigidez con la que había entrado, dejando a Alissa con el corazón latiéndole con fuerza y una opresión asfixiante en el pecho. ¿"Tomado cartas en el asunto"? ¿A qué se refería? ¿Acaso planeaba obligarla a un tratamiento clandestino? La impotencia de Daniel no era física, era psicológica; él se negaba a tocarla, la rechazaba en la intimidad y la hacía sentir invisible, sucia, como si el problema fuera de ella.

Tratando de recuperar el aire, Alissa se levantó y caminó hacia el ventanal, abrazándose a sí misma. Estaba cansada de la jaula de oro. Cansada de las apariencias.

Dos golpes suaves en la puerta de madera y cristal la obligaron a recomponerse. Alissa inhaló profundamente, se dio la vuelta y adoptó su máscara profesional.

—Adelante —dijo, esperando ver a su secretaria o a algún ingeniero aburrido de la obra.

Pero el hombre que cruzó el umbral detuvo el tiempo en seco.

No vestía el típico traje rígido de la corporación. Llevaba unos pantalones oscuros de corte impecable y una camisa negra de seda con los primeros botones abiertos, revelando una piel bronceada y la sugerencia de un pecho firme y atlético. Encima, una chaqueta de cuero que rompía con toda la etiqueta del lugar. Era alto, imponente, con una espalda ancha que parecía absorber toda la luz de la habitación.

Cuando el hombre levantó la mirada, Alissa sintió un choque eléctrico. Tenía un rostro de una belleza ruda, casi pecaminosa; una mandíbula fuerte con una ligera sombra de barba y unos ojos de un verde oscuro, felino e intenso, que la recorrieron de arriba abajo sin el menor rastro de vergüenza.

No la miraba como un empleado mira a su jefa, ni como un consultor mira a una cliente. La miraba como un depredador que acaba de acorralar a su presa.

—¿La señora Vance? —La voz del hombre era un susurro ronco, profundo, una vibración que resonó directamente en el vientre de Alissa.

—Sí... —Alissa carraspeó, odiando la debilidad en su propia voz. Caminó hacia él, extendiendo la mano en un intento de marcar distancia—. Usted debe ser el nuevo consultor de logística. Disculpe, no retuve su nombre.

El hombre avanzó. Sus movimientos eran fluidos, peligrosos y cargados de una confianza física absoluta. Cuando envolvió la mano de Alissa con la suya, ella sintió un calor abrasador. La piel de él era cálida, firme, y apretó con una sutil posesividad que la obligó a sostenerle la mirada.

Una sonrisa lenta, arrogante y devastadora se dibujó en los labios del desconocido.

—Mi nombre es Kyler —dijo él, sosteniendo su mano un segundo más de lo socialmente aceptable, fijando sus ojos verdes en los labios de ella—. Y créame, señora Vance... estoy aquí para encargarme personalmente de que todo lo que su esposo no puede manejar... llegue a feliz término.

Alissa dio un paso atrás, con la respiración alterada. Había algo salvaje, prohibido y sumamente magnético en ese hombre que acababa de invadir su espacio de trabajo. Ella pensó que era solo un mujeriego peligroso y arrogante que intentaba coquetear con la esposa del jefe.

No tenía idea de que el hombre frente a ella era el gigoló más exclusivo de la élite.

No tenía idea de que era el primo de su esposo.

Y mucho menos, que Daniel acababa de pagarle una fortuna para poseerla.

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