El espacio entre nosotros se había vuelto una zona de guerra, una frontera invisible donde las palabras habían dejado de tener sentido. La aceptación de Kyler a mi advertencia de que nada cambiaría no había traído paz; al contrario, había encendido una mecha que ambos sabíamos que terminaría en una explosión. Él no me soltó. Al contrario, me atrajo hacia la cama, donde la madera crujió bajo nuestro peso, un sonido seco que se perdió en el denso silencio de la casa escondida.
No hubo ternura en