Mundo ficciónIniciar sesiónEl calor de la erección de Kyler presionando contra su trasero a través de la fina seda del vestido la estaba volviendo loca. Alissa sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies, atrapada entre el rugido de la tormenta y los latidos frenéticos de su propio corazón. El alcohol que corría por sus venas le daba una valentía peligrosa, pero su mente, educada en las estrictas normas del deber y el decoro, intentó dar un último golpe de timón.
Tenía que detener esto. Tenía que recordar quién era y con quién estaba casada.
Con las manos temblando, Alissa apoyó las palmas sobre el pecho firme de Kyler y se giró con brusquedad entre sus brazos, decidida a mirarlo a los ojos, a empujarlo y a recordarle el límite que ya le había marcado una vez en la sala de juntas.
—Kyler, basta. Suéltame, no puedes... —comenzó a decir, levantando la barbilla con un rastro de esa altivez ejecutiva que usaba como armadura.
Pero las palabras murieron en su garganta. Kyler no la dejó terminar.
Al verla voltearse, con los labios entreabiertos y los ojos castaños nublados por el deseo y la confusión, el cínico gigoló perdió el rastro de cordura que le quedaba. Kyler acortó la distancia restante, tomó el rostro de Alissa entre sus manos grandes y cálidas, y estampó sus labios contra los de ella en un beso volcánico, hambriento y devastador.
Alissa ahogó un gemido de sorpresa que se disolvió directamente en la boca de Kyler. No fue un beso tierno; fue una declaración de guerra, una invasión absoluta de sus sentidos. La lengua de Kyler se abrió paso sin pedir permiso, reclamando el territorio con una urgencia salvaje que hizo que la cabeza de ella diera vueltas. El sabor a whisky de ambos se mezcló, encendiendo un fuego que el alcohol de la noche se encargó de propagar de inmediato por todo su cuerpo.
El choque de realidad la golpeó por un segundo, pero cuando la mano de Kyler bajó por su espalda, apretando su cintura y pegando sus pelvis con fuerza bajo el marco de la puerta, la resistencia de Alissa se desmoronó por completo. Soltó un gemido ahogado y enredó sus dedos en el cabello negro y rebelde de Kyler, devolviéndole el beso con la misma intensidad desesperada. Era la sed de años de abandono, el hambre de ser deseada con esa posesividad animal que Daniel jamás tendría.
—Al carajo con el auto —gruñó Kyler entre el beso, con la voz rota y la respiración entrecortada.
Sin romper el contacto de sus labios, la arrastró fuera del umbral. El agua fría de la lluvia los golpeó de inmediato, empapando el vestido de seda de Alissa y pegándolo a su cuerpo como una segunda piel, marcando cada una de sus curvas. Kyler la guió a ciegas por la acera hasta un imponente todoterreno negro estacionado a pocos metros. Sacó el control de su bolsillo, los seguros saltaron y abrió la puerta del asiento trasero, empujando a Alissa con cuidado pero con una firmeza implacable hacia el interior del vehículo.
Kyler entró justo detrás de ella, cerrando la puerta de un golpe y aislando el mundo exterior. El sonido de la tormenta se convirtió en un eco lejano, reemplazado por el sonido pesado de sus propias respiraciones en la penumbra del auto, iluminados apenas por el reflejo rojo de un neón de la calle.
Dentro, el espacio se redujo a puro instinto. Kyler se abalanzó sobre ella, acorralándola contra los asientos de cuero oscuro. Sus manos, urgentes y torpes por primera vez en su carrera profesional, subieron por los muslos de Alissa, arrastrando el vestido empapado hacia arriba. La seda húmeda se deslizaba con dificultad, pero a Kyler no le importó; necesitaba tocar su piel desnuda.
—Eres perfecta, Alissa... jodidamente perfecta —gimió Kyler contra su cuello, dejando un camino de besos ardientes y mordiscos suaves que la hacían arquear la espalda y gemir sin control en la oscuridad del auto.
Alissa sentía la adrenalina correr por sus venas a una velocidad vertiginosa. El roce de las manos hábiles de Kyler en su intimidad la hizo jadear, perdiendo cualquier noción del tiempo y del espacio. Con movimientos rápidos, ella le ayudó a desabotonar la camisa negra, desesperada por sentir el calor de su pecho desnudo contra sus propios pechos. Cuando la tela cayó, Alissa arañó la espalda musculosa de Kyler, guiándolo, exigiendo más.
Kyler se deshizo de sus propios pantalones con rapidez, liberando su hombría, completamente rígida y palpitante por la espera. Se posicionó entre las piernas de Alissa, abriéndolas de par en par sobre el asiento de cuero. La miró a los ojos en la penumbra, buscando cualquier rastro de duda, pero solo encontró la mirada encendida de una mujer que había decidido quemar su propia jaula de oro.
—Mírame, Alissa. Sé de quién eres... pero esta noche eres mía —susurró él con una voz cargada de una posesividad salvaje, justo antes de empujar con fuerza hacia adelante.
El primer impacto la hizo soltar un grito ahogado que Kyler ahogó de inmediato con sus labios. La llenó por completo, rompiendo con la frialdad de su vida en un solo segundo de fricción pura y abrasadora. Alissa se aferró a sus hombros anchos mientras Kyler comenzaba a moverse dentro de ella con un ritmo implacable, profundo y adictivo. Cada embestida era un recordatorio de lo que era estar viva, un vaivén salvaje que hacía crujir los asientos del auto al compás de la tormenta exterior.
El sudor y las gotas de lluvia se mezclaban en sus cuerpos mientras el habitáculo del auto se empañaba por el calor sofocante de su entrega. Kyler la tomaba con una fuerza y una devoción que rozaban la locura; no la tocaba como un hombre que cumple un trabajo, sino como un hombre desesperado por marcarla para siempre, por borrar el rastro de cualquier otro hombre que la hubiera tocado antes. Alissa respondía elevando las caderas, entregándose al éxtasis puro, olvidando el contrato, olvidando a Daniel, olvidando el mundo entero.
Cuando el clímax los alcanzó en medio de una embestida profunda y desgarradora, ambos se aferraron el uno al otro como náufragos. Kyler gimió el nombre de Alissa contra su oído, derramándose dentro de ella con una calidez abrumadora, mientras ella se fracturaba en mil pedazos de puro placer, hundiéndose en los brazos del pecado más perfecto de su vida.







