La luz de la mañana se filtraba perezosamente a través de las rendijas de las cortinas desteñidas, dibujando líneas doradas sobre las sábanas revueltas. La cabaña estaba envuelta en un silencio denso y pesado, interrumpido únicamente por el murmullo lejano del viento entre los pinos y el compás pausado de la respiración de Alissa.
Estaba profundamente dormida. Su rostro, que durante las horas de vigilia siempre mantenía una expresión de alerta perpetua, de murallas levantadas y escudos afilados