La claridad de la mañana terminó por filtrarse sin piedad a través de las rendijas de la ventana, disipando la penumbra que nos había protegido durante las últimas horas de la noche. Cuando abrí los ojos, el primer sentido en activarse no fue la vista ni el oído, sino una punzada cálida y punzante que recorría cada fibra de mi cuerpo. Me quedé inmóvil sobre las sábanas revueltas, con la mejilla apoyada en la almohada, sintiendo el rastro físico e imborrable de lo que habíamos hecho pocas horas